Archivos para septiembre, 2012

Los que eligen la bicicleta como medio de transporte en la Ciudad de Buenos Aires se multiplicaron en un 500% en estos últimos dos años.

El primer domingo de este mes, no menos de  3.000 bicicletas en bandada recorrieron los barrios de la Ciudad. En un circuito que comenzó y terminó en el Obelisco, ocuparon brevemente algunas calles en Puerto Madero, Monserrat, Boedo, Flores, Caballito, Almagro, Belgrano y Palermo. “Nunca habíamos sido tantos”, comenta Matías Acquarone, un participante de este evento llamado Masa Crítica, que se hace todos los primeros domingos del mes y las noches de luna llena.

Adolfo Pomo no faltó a ninguna de las “Masas” que se realizan en Buenos Aires desde hace tres años. “Importamos la idea de California, donde se hizo por primera vez”, explica Pomo, “No hay un fin, somos solo unos cuantos locos que se juntan a andar en bici y toman el control de las calles por un rato”. Opina que algunos lo ven como una forma de protesta contra el tránsito cotidiano, otros como una afirmación de los derechos de los ciclistas. De una forma u otra, este es uno de los signos que revelan que esta forma de desplazarse se está volviendo más popular y masiva.

Según un estudio realizado por la Subsecretaría de Transporte del GBCA, hubo un aumento de 30.000 viajes diarios en bicicleta en 2009 a 150.000 en 2012. Esto corresponde a que, en 2009, el 0,4% de los porteños elegía éste como medio de transporte, y hoy lo adopta el 2%. Sonia Fakiel, quien trabaja en la Subsecretaría, aclara que el aumento se debe a los vastos beneficios tanto en el nivel de lo ecológico, ya que produce cero emisiones de dióxido de carbono, como respecto a lo económico, con precios bajos de mantenimiento y repuestos, comparados con cualquier otro vehículo a motor.

Fakiel agrega que, en cuanto al tránsito de la Ciudad, varios estudios sostienen que se llega más rápido en bicicleta que en auto o colectivo porque se evitan los cortes y las congestiones. Y por último, insiste en que este medio es saludable y que varios vecinos aprovechan la ida y vuelta al trabajo para realizar ejercicio físico. Según la funcionaria, la mayoría lo elige para ir a trabajar y estudiar, y en menor medida, para realizar deporte y como recreación. “A medida que más gente se sume al uso  de la bici, el impacto en el tránsito será más visible. Por eso seguimos fomentando su uso en pos de alivianar el tráfico”, expresa.

Por otro lado, Fakiel considera que en Capital aún no hay una “cultura ciclista”. Los peatones y conductores no están acostumbrados a las bicisendas y muchas veces no las respetan, todavía no hay un reglamento de tránsito para bicicletas conocido y aplicado y, por último, muchos vecinos no piensan en este vehículo como una alternativa.

“Creemos que la Red de Ciclovías Protegidas fue un factor para que más gente se anime a pedalear”, discute Fakiel. Desde el 2010, el Gobierno de la Ciudad promueve el programa Mejor en Bici, en el que se duplicó el número de bicisendas preexistentes, hasta llegar a los 90 km. En su mayoría, están sobre la calzada, y, en menor medida, sobre las veredas. Pero no todas las ciclovías están conectadas, lo que puede complicar el viaje del ciclista.

El Sistema Público en Bici es otra de las medidas impulsadas, que permite a cualquiera que esté registrado retirar una bicicleta gratis de una de las 22 estaciones distribuidas por la ciudad, usarla por un máximo de una hora y devolverla en otro punto. “Funciona bastante bien, pero hay momentos del día en que no hay bicis”, cuestiona Hernán González, quien trabaja en la estación de Parque Las Heras.

Este proyecto de transporte público está también instalado en otras ciudades importantes del mundo. En Barcelona, se llama Bicing. Hay casi 100 estaciones automatizadas para retirar las bicis luego de sacar un abono anual de 43 euros. En París, el nombre del sistema es Vélib y cuesta 29 euros por año. A diferencia de Buenos Aires, en ambas ciudades el sistema está abierto las 24 horas todos los días. Otra ciudad europea que apuesta a este medio de transporte es Amsterdam. Aunque no tiene ciclovías, el número de bicicletas es equivalente al de habitantes y es muy popular entre los turistas.

Perfil

Adolfo Pomo tiene 34 años y nació en Olivos, Buenos Aires. Estudió abogacía, aunque le quedó una materia para terminar, cuando decidió cambiarse a un área lejos de lo legal. Desde marzo de 2012, y después de 12 años de estudios, es piloto de Aerolíneas Argentinas. Su profesión no le demanda que trabaje diariamente, por lo que en sus tiempos libres se dedica a lo que más le gusta hacer: patinar y andar en bicicleta. Es un aficionado de los rollers, los que usa como transporte y recreación. Los fines de semana suele hacer el viaje Tigre-Puerto Madero y luego volver a su casa en Olivos. Participa de Masa Crítica desde su creación en octubre de 2009, donde imprime folletos y da recomendaciones a los novatos.

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María Marta, la bailarina sin escenario

Publicado: septiembre 5, 2012 en Uncategorized

María Marta Funes es parte del paisaje urbano del barrio de Balvanera. En la plaza Primero de Mayo, practica a diario sus pasos de baile para los conductores y peatones que pasan por allí.

Son las 10 de la mañana y María Marta Funes, de 64 años, se acerca a la esquina de Adolfo Alsina y Pasco, como hace todos los días con religiosa puntualidad. Lleva un pasamontañas negro con pompones rosas y unos enormes anteojos. Bajo su sobretodo negro que le llega casi a los pies sobresalen unas polainas lilas y unas botas con abrigo. Deja el carrito que lleva todas sus pertenencias junto a la reja de la plaza Primero de Mayo, que ella misma ha decorado a su antojo, y con ella se pone a practicar unas elongaciones excepcionales para una mujer de su edad.

María Marta con su “casa portátil” (Carolina Vivo)

María Marta, nacida en La Boca de los años 40, duerme en la sede de las Abuelas de Plaza de Mayo, a unas cuadras de la plaza, donde le dejan quedarse del otro lado de las rejas. “Trabajo con las Abuelas, pero no puedo contar en qué porque es secreto”, confiesa. De 10 a 16 horas, se la puede ver siempre en la esquina de Adolfo Alsina al 2200, bailando sin música, al ritmo de los semáforos y las bocinas. Cuando los conductores se detienen por la luz roja, ella camina temerosa entre los autos con un vasito, mientras pide una contribución “a la gorra” por sus destrezas. Si algún fan le paga un importe mayor a cinco pesos, ella intenta devolvérselo aludiendo que es demasiado.

La “escenografía” del espectáculo (C.V.)

De su arrugada boca con enormes dientes postizos salen muchas palabras, casi todas en un lenguaje semiculto. Es muy observadora y reflexiva y le gusta opinar sobre los temas más heterogéneos. Suele construir relatos fantásticos sobre personas del pasado y sobre su propia vida, que son perfectamente coherentes pero poco creíbles. Sin embargo, María Marta es muy reservada y no le gusta hablar de los temas sensibles de su vida. Admitió que trabajó en la televisión y en el teatro hace mucho tiempo y que las “vueltas de la vida” la dejaron en la calle. Tuvo varios maestros de baile, pero según ella, aún le queda “mucho por aprender”. Añadió que trabajó como trapecista en el circo de su tío durante varios años, hasta que cerró.

Gonzalo, el veterinario de enfrente, es quien tiene más relación con María Marta de todo el barrio. “Siempre viene a saludar y me pide agua para el café. Es muy educada y le encanta hablar con la gente. Aunque vive en la calle, está afiliada al PAMI y cobra una pensión. Creo que tiene familia en Francia o por ahí”, cuenta Gonzalo, con un dejo de tristeza.

María Marta tiene un hijo, pero no le gusta hablar de él. Con una voz apenas audible, explicó que es abogado y su única familia en Buenos Aires pero que se ha portado muy mal con ella y que ya no se hablan. Enseguida, pareció olvidarse de lo que había dicho, porque volvió a sonreír. “Las palomas son mis hijas. Les doy de comer todos los días”, anunció alegremente.

A María Marta le fascina cantar. Su tema favorito es “Las olas y el viento”, que canta entero una y otra vez en su escenario improvisado, aun cuando no tiene espectadores. Tiene una voz corriente pero bien entonada que se atreve a algunos agudos en falsete. También suele recitar canciones de Piero. Dice que le hace acordar a “viejas y buenas épocas”.

“Nunca falta, ni aunque llueva. Esto es así desde hace 10 años”, cuenta Diego, quien trabaja en el café de la esquina. “Todos los del barrio la conocen porque le faltan unos cuantos jugadores”, agrega. Diego dice que María Marta a veces desayuna en su café, que le paga con monedas en muchas cuotas hasta cubrir el total y que no acepta descuentos.

Con saltitos y muchos movimientos de brazos, María Marta anuncia una función especial para el día de la primavera. “Le estoy muy agradecida a la gente por la ayuda, así que quiero organizar un evento donde voy a bailar y cantar y repartirle torta y licores a los conductores”, expresó María Marta entusiasmada. “Quiero traer a Valeria Lynch. Con esa voz se van a quedar todos pasmados”, agregó.

Cómo la vi

María Marta parece vivir en un mundo aparte con reglas propias. Cumple con su rutina a rajatabla, como si alguien se lo impusiera. Se nota su amor por la danza y el canto, que son su principal motivación. Es una mujer amable, soñadora. Me sorprendió lo cuerda que es al hablar, las palabras que usa y lo lógico de sus oraciones, en contraposición al estilo de vida que lleva. Sospecho que le pasó algo muy duro en su vida que la llevó a ese estado de cierta locura, porque es una mujer inteligente, muy cordial y educada. Parece vivir feliz y cómoda en la situación de calle en la que está, de la que quizás no es consciente o no quiere serlo.