Embestida contra las certezas

Publicado: junio 20, 2013 en Uncategorized
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LA INVENCIÓN DE MOREL
Autor: Adolfo Bioy Casares
Editorial: Emecé
Año de publicación: 1991
Páginas: 150

Es casi a mediados del siglo XX, en plena Posmodernidad, cuando Bioy Casares nos acerca este relato presentado en forma de diario íntimo donde nada parece ser lo que es. El protagonista, un escritor venezolano fugitivo, describe con fluida precisión todas sus vivencias en una isla perdida en la que desembarcó luego de escapar de un opresivo gobierno militar. A través de sus acciones y reflexiones, revive todas sus experiencias en la pieza autobiográfica, en un intento de comprender su entorno y comprenderse a sí mismo.

La invención de Morel no puede adaptarse a la categoría de un solo género literario, sino que es un  híbrido de otros que lo atraviesan (algunos tangencialmente, otros de manera más trascendental). Como en El perjurio de la nieve, del mismo autor, el género policial inscribe una fuerte presencia en cuanto hay un misterio por resolver que está a cargo del protagonista. El fugitivo, quien adopta el rol de detective, pretende encontrar explicaciones a las situaciones inusuales que lo rodean, valiéndose de sus metódicas observaciones. Pero no es él quien resolverá el misterio, sino que será resuelto por los mismos actores que lo instalaron.

Es también una historia de aventuras, donde el protagonista nos transmite sus miedos, nos pone a su altura a la hora de tomar decisiones y nos invita a acompañarlo en sus vacilantes acciones. El escenario que presenta la obra nos rememora al mismo Robinson Crusoe y sus intrépidas aventuras de supervivencia como náufrago. Un espacio hostil para el hombre, donde la naturaleza hiere y amenaza constantemente. Un lugar desconocido, a cuyas reglas hay que adaptarse para subsistir. Un ambiente que encierra un conjunto de fenómenos inexplicables, de coincidencias absurdas y de presencias etéreas, casi fantasmagóricas.

La flecha que atraviesa el relato en todas sus capas de sentido es la dualidad entre la realidad y la ficción, que acerca la obra a un género de realismo mágico y la roza sutilmente con el de ciencia ficción. Esta oposición, que pareciera inconciliable, no hace sino desdibujar sus límites en todo momento y con diversos matices. A medida que pasa el tiempo en la isla, el protagonista comienza a trastornarse y a obrar erráticamente, producto de la soledad invulnerable que lo atormenta. El temor a ser perseguido y atrapado por aquellos de quienes escapó va construyendo una paranoia enferma que tiñe sus voluntades. Su mentalidad racional y calculadora se ve estorbada por sucesos extraños, ajenos a su comprensión, que no hacen sino desafiar sus pensamientos lógicos y llevarlos a un extremo rayano a la locura.

Como en La noche boca arriba, de Cortázar, donde el protagonista alterna su existencia entre una vida de vigilia, donde sufre un accidente vial, y una vida de sueño, en la que habita en la selva, en esta novela también el fugitivo sufre una crisis por la angustiosa incertidumbre que le causa ver su mundo interrumpido por hechos sobrenaturales. Aquello que le es inexplicable toma por esta característica la denominación de ficción y lo incomoda en su mundo ordenado porque no puede definirlo. El personaje refleja la impotencia que tiene el hombre frente a sus limitaciones: quiere comprender todo lo que lo rodea y no acepta que no puede abarcar la totalidad. Un hombre que desea darle una disposición a su naturaleza desordenada, tener todo bajo control, categorizarlo en las rígidas estructuras de su mente racional. Cuando la vida de este prófugo comienza a ser turbada por hechos que no puede comprender, recurre desesperadamente a explicaciones absurdas, en un intento agónico de restablecer el orden natural de sus pensamientos.

El perturbado personaje es reacio a dejarse llevar por las mareas que entremezclan realidad y ficción. Estas incurren en distintos formatos: como sueños verosímiles, como alteraciones temporales en forma de ciclos recurrentes (se alude al concepto del eterno retorno de Nietzsche), como las mismas confusas percepciones del protagonista sobre los seres que lo rodean, como una yuxtaposición de mundos incompatibles.  A lo largo de las distintas apariciones sobrenaturales, esta dicotomía va diluyéndose de a poco y perdiendo importancia, va dejando de tener sentido para él, quien se va dando por vencido para vivir en esta nueva ficción que es tan real como la misma realidad. Es el amor el motor fundamental que lo lleva a entregarse por completo a este escenario heterogéneo, más allá de la vida y de la muerte. Como él mismo dice, “No estoy más muerto, estoy enamorado”. Este sentimiento trasciende toda calificación de lo lógico-ilógico, lo comprensible-incomprensible y lleva al personaje (y al lector) a creer en una realidad donde todo es posible.

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